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La máquina diferencial de William Gibson y Bruce Sterling.


portada_maquina_diferencial

Titulo: La máquina diferencial
Autor: William Gibson y Bruce Sterling
Traductor: Carlos Lacasa
ISBN-10: 84-9800-281-8
ISBN-13: 978-84-9800-281-2
Páginas: 352
Editorial: La Factoría de Ideas
Puntuación: 3_estrellas
Bueno, al menos escribo sobre los libros y no he dejado de leer. La novela parte de la ucronía que hubiese supuesto que Charles Babbage [1 y 2], hubiese conseguido hacer funcionar su proyecto de máquina diferencial [3]. Partiendo de ese hecho, tenemos una novela de Steampunk en la que Inglaterra y Francia habrían comenzado a informatizar la gestión de sus imperios coloniales y mejorar así su control a nivel mundial.
Todo esto parece muy interesante, pero luego la novela se convierte en una especie de aventuras al estilo Julio Verne, al que copian descaradamente (aunque entiendo que es un homenaje a este autor y al resto de novelas de aventuras del siglo XIX) y pierde un poco la capacidad de impresionar con como habría sido el mundo. La novela es interesante pero sin ser sobresaliente.
Una de las cosas más curiosas son los llamados quinótropos. Se supone que son pantallas digitales, solo que de funcionamiento mecánico en lugar de electrónico. Cada píxel es una pieza multifacetada, con cada faceta de distinto color (supongo que blanco-negro-azul-amarillo-rojo), que pueden girar, de forma que van realizando mosaicos. Hay quinótropos de distinto número de colores, resolución y tamaño. La quinotropía es el arte de crear y programar las imágenes que se muestran en la pantalla y la transición entre ellas, en la novela se usan para apoyar conferencias, así que parecen una especie de presentaciones interactivas, o sea, de bisabuelos de los PowerPoints y Keynotes.
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Charles Babbage, el tejedor de números.


Charles Babbage, famoso inventor y matemático, considerado como el inventor del ordenador (si es posible remontarse al origen de un invento), nació en Inglaterra en 1792. Como muchos sabios de la época, heredó una fortuna considerable y la gastó en la empresa loca y ambiciosa que constituyó el trabajo de toda su vida. A principios del siglo XIX empezaba a notarse la progresiva complejidad de la existencia; eran cada vez más las personas que vivían dedicándose exclusivamente a los cálculos y a la recopilación de datos de todo tipo. Una de las tareas más arduas y susceptibles de error era la recopilación de tablas logarítmicas; Babbage continuamente encontraba en ellas errores banales. Babbage empezó a concebir la idea de que una máquina podría realizar ese tipo de operaciones con mucha más facilidad y exactitud.

Pronto se formó en su mente el esquema básico para la construcción de una máquina de este tipo; en 1821 se sintió lo suficientemente seguro de su proyecto como para anunciar a la Royal Astronomical Society que iba a construir un prototipo y a hacerles una demostración. Explicó que su máquina funcionaría según el método de las diferencias, a la que llamó máquina diferencial, y dio detalles bastante convincentes sobre su funcionamiento. Basta decir que la máquina podía resolver ecuaciones polinómicas calculando diferencias sucesivas entre conjuntos de números. La mostró en una asamblea de la Sociedad en 1822, y la presentación tuvo una buena acogida. Entusiasmado, Babbage empezó a construir la versión final de la máquina, una máquina extremadamente grande y compleja. Además, Babbage pretendía que la máquina no sólo calculara las tablas, sino que las imprimiera sobre papel. Pidió una subvención al gobierno británico y con ella se construyó un taller, contrató operarios y finalmente comenzaron los trabajos.

El proyecto se puso en marcha fabricando tornos especiales y centenares de ejes, ruedecillas y engranajes necesarios para construir las partes móviles de la máquina diferencial, pero al poco tiempo ya surgieron las primeras dificultades. Babbage incitó a sus operarios a trabajar con más precisión. Hubo una mejora pero no lo suficientemente adecuada a la complejidad global del sistema. Insensible a los primeros fracasos, Babbage presionó a sus mecánicos e intentó obtener resultados mejores de lo que los instrumentos y los materiales de la época podían permitir. Aunque recibió más subvenciones del gobierno el proyecto fue suspendido en 1833.

Si Babbage hubiera sido una persona razonable, ese hubiera sido el momento de detenerse a contemplar las toneladas de engranajes de latón y de plomo y aceptar el hecho de que pretendía adelantarse cien años a su época. Por el contrario, su mente empezó a dedicarse a un esquema aún más ambicioso. En este momento nació el concepto de ordenador. Si bien la máquina diferencial constituía un paso adelante con respecto a cualquier otra cosa construida anteriormente, era capaz de realizar una única tarea: resolver ecuaciones polinómicas. El sistema era lo que hoy llamaríamos un ordenador dedicado. Reflexionando, Babbage se dio cuenta de que estaba siguiendo un camino equivocado. Una máquina que podía realizar un determinado tipo de cálculos, podía, seguramente, realizar cualquier tipo de cálculos. Esta idea fue demostrada matemáticamente, casi un siglo después, por otro genio inglés: Alan Turing. Pero Babbage llegó a su extraordinaria intuición. El planteamiento de la máquina debía permitir que sus mecanismos se pudieran usar de muchas formas distintas. Sólo faltaba una idea brillante para encontrar la forma de decirle a al máquina qué acción, de entre la enorme variedad de acciones posibles, debía emprender en cada momento. Babbage llamó a este dispositivo máquina analítica; conviene subrayar que estaba hablando propiamente de un ordenador programable.
En primer lugar, había un conjunto de dispositivos de entrada, que permitían introducir números o instrucciones en el interior de la máquina. Luego había una unidad aritmética o procesador que efectuaba los cálculos. Babbage la llamó la muela. En tercer lugar, había una unidad de control que garantizaba que la calculadora realizara la tarea requerida y efectuara todos los cálculos en la secuencia correcta. Había un almacén, o memoria, que retenía las cifras en espera de su turno para ser elaboradas. Finalmente había un dispositivo de salida propiamente dicho. Éstas, aunque de forma muy esquemática, son las cinco partes fundamentales de cualquier ordenador, antiguo o moderno.

Babbage utilizó columnas y más columnas de engranajes de diez dientes. El prototipo de la máquina diferencial Engine se movía a mano. Accionando una palanca, se ponían en movimiento los engranajes en el interior de la máquina, y al completarse los cálculos deseados sonaba una campana. Pero Babbage veía claramente que era absurdo recurrir a la fuerza muscular para mover su máquina, y pensó en utilizar un motor a vapor para su última versión, la máquina analítica.
Para insertar y programar las instrucciones de la unidad de control, Babbage se inspiró en un invento del francés Joseph Jacquard. Jacquard había observado que los tejedores, al manejar sus telares, llevaban a cabo una tarea delicada pero esencialmente repetitiva, y que, por tanto, debía ser viable la automatización del proceso. Inventó entonces una cartulina rígida perforada. Durante el tejido, una serie de guías mueven los hilos del telar; la función de la cartulina consistía en bloquear algunas de esas guías y permitir a las otras, que pasaban a través de los orificios, realizar el trenzado. A cada golpe de lanzadera, una cartulina con una determinada serie de orificios se interponía en el camino de las guías, controlando el diseño del tejido. Esto constituía, en esencia, un programa de control del telar, y Babbage comprendió que el método podía ser igualmente eficaz para controlar la secuencia de los cálculos en su máquina.
El paralelismo con la operación de tejido fue descubierto también por Ada, condesa de Lovelace, que, en un comentario sobre la máquina de Babbage, escribió: La máquina analítica teje conjuntos algebraicos del mismo modo que el telar de Jacquard teje flores y hojas.
Hasta ese momento, y exceptuando su éxito con la Astronomical Society, Babbage nunca se había encontrado con alguien que aprobara sus trabajos, por no hablar de alguien que los entendiera. Lo que le produjo mayor satisfacción fue que la condesa se hubiera tomado la molestia de estudiar sus teorías desde el punto de vista matemático y no hubieran encontrado pegas. Él sabía que, en principio, la máquina analítica tenía que funcionar; ahora también ella lo creía. Sólo faltaba construir el aparato.

Mientras tanto, en Inglaterra había cambiado el gobierno y el ministerio competente había renunciado a financiar un proyecto que consideraba ya irrealizable. El tiempo pasaba, la máquina diferencial no era más que un conjunto incompleto de ejes y engranajes, y la máquina analítica era sólo una serie de bocetos sobre papel y un montón de notas de lady Lovelace. La decadencia se fue acelerando. Ada murió a los treinta y seis años y Babbage continuó solo, con escasos resultados. Los gobiernos iban cambiando y ninguno simpatizaba con su idea. Pero en ese mismo momento otros matemáticos e ingenieros leían con gran interés las publicaciones de Babbage y las notas de lady Lovelace. Uno de ellos, un ingeniero sueco llamado Georg Scheutz, empezó a construir una versión suya de la máquina diferencial. Al contrario que Babbage, la sacó adelante y obtuvo un éxito tan grande que construyó un prototipo que expuso como primer modelo para la producción en una exposición de ingeniería, en 1885. Entre la multitud que se agolpaba alrededor del curioso pero tangible dispositivo estaba también Babbage. Cuando le pidieron un comentario sobre la máquina de Scheutz, fue muy amable y lo felicitó, pero no es fácil imaginar que pensamientos cruzaron por su mente.
Babbage falleció en 1871, a los ochenta y tres años. Es un hecho triste pero cierto que murió desilusionado, pese a haber concebido un proyecto tan sugestivo y revolucionario que un día cambiaría el mundo. Sus contemporáneos lo consideran un genio iluso y descabellado, pero sin duda un genio.
Si hubiera contado con la financiación adecuada, la idea que Babbage tuvo más tarde de construir la máquina analítica, hubiese llegado a ser una auténtica computadora programable. Las circunstancias quisieron que ninguna de las máquinas pudiera construirse durante su vida, aunque esta posibilidad estaba dentro de la capacidad tecnológica de la época.

Extracto de los apuntes del rincón del vago sobre Pasado y presente de la informática.

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